Sala de sonido

 

Mi vocación como constructor de violines es darle al violinista, al viola o al violonchelista su propia «voz». Todo el sonido que el músico consigue formar -dinámica, timbre, potencia y fuerza- tiene sus orígenes acústicos en las resonancias del instrumento. Son la obra del luthier. La verdadera obra de arte no es la forma de madera que queda a la vista, en la que yo trabajo, sino la escultura sonora que escuchamos. Se crea con el encuentro entre el músico y las resonancias con las que «juega» musicalmente.

Mi pasión artística actual es convertir la madera sonora en resonancias. El análisis de la madera y su ennoblecimiento, las recetas de barniz y la composición de los materiales, el desarrollo del modelo y su elaboración, el perfeccionamiento de la fuerza y la dinámica mediante fibras incrustadas de forma dosificada, todo sirve al mismo objetivo: crear resonancias. Solo así el instrumento se convierte en un compañero fuerte. En el perfil de resonancia radican la delicadeza acústica y la diversidad, la fuerza y la irradiación de un instrumento: la resonancia de Helmholtz latiendo en el fondo. Ella confiere la suavidad y la calidez, la abertura de los formantes vocales al cantar, las brillantes resonancias del corpus, el brillo y la capacidad, el núcleo del tono y de la radiación necesaria, las resonancias altas de la tabla en sus múltiples «islas de oscilación» y sus líneas de nudos. Cuanto más profundizo en la investigación acústica del violín, mayor es mi respeto por su secreto.

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